Ese cielo no existe, esa tonta idea que tienes de irte a descansar a un ficticio lugar en presencia de Dios, escapándote de este mundo hacia la ignorancia de algo completamente lejos de tu humanidad. A tocar el arpa en un acuoso y nebuloso recuerdo, desmembrado, casi irreconocible.

Jesús había sido derrotado, no importa que esperanza hayan tenido los que lo seguían. Nosotros esperábamos que sería él, el que iba a librar a Israel. (Lc 24,21) Los que veían algo en Jesús, sabían lo que había pasado, habían apostado mal. Jesús era un fracasado mesías crucificado por el poder pagano que se suponía es el que iba a vencer… La cruz era contundente, era un símbolo inequívoco: Roma manda, si te pones en medio serás arrasado, obliterado, César es señor.

Y entonces sucedió. En el mundo antiguo la palabra “resurrección” significaba una sola cosa, la vuelta a la vida en carne, corpórea. Vida que vendría al final de los tiempos, después de cualquier cosa que pasara inmediata a la muerte individual. Ese estado inmediato post-mortem que hoy llamamos “cielo” no era el final, el final era el llamado de todos los hombres ante la trompeta del juicio, juicio que enfrentaríamos en carne y sangre. Todos los paganos lo negaban, algunos Judíos lo negaban, otros, era lo que sostenían.

La madre de los hermanos Macabeos, ante la injusticia del martirio al que iban a ser sometidos sus hijos de mano de Antíoco IV Epífanes, rey de la helénica dinastía seléucida, los animaba con estas palabras:

«Yo no sé cómo aparecisteis en mis entrañas, ni fui yo quien os regaló el espíritu y la vida, ni tampoco organicé yo los elementos de cada uno. Pues así el Creador del mundo, el que modeló al hombre en su nacimiento y proyectó el origen de todas las cosas, os devolverá el espíritu y la vida con misericordia.» (2M 7, 20–23)

Dios vindicaría a los justos, trayéndolos de nuevo a la vida.

Cuando Jesús deja la tumba vacía, cuando vuelve a ver a los ojos a los discípulos, algo nuevo pasa. No es la visión de un Jesús en el «cielo», no es la «aparición» de un fantasma… ya no es la resurrección del día final, es algo nuevo, algo que no debería pasar.

Es contundente como los Evangelios dejan patente que los discípulos no entendían nada acerca de “eso de resucitar a los tres días”. Era claro que Jesús les hablaba de algo incomprensible, de algo que ninguna idea religiosa circulando ni por Judea, ni Grecia, ni Roma tenía.

Jesús era un don nadie en la cruz, los discípulos eran unos pobres dignos de compasión asustados en Jerusalén, esperando la oportunidad para regresar a sus vidas. Y entonces pasó. De lo que venían hablando todos los profetas, y nadie se había enterado, porque sólo Dios conocía su plan, sólo él conocía su fidelidad.

Cuando los primeros Cristianos desafiaron al César en el coliseo, cuando iban a morir devorados por los leones, no lo hacían inspirados en una bonita promesa de irse a descansar al cielo.

«Tú, porque tienes poder entre los hombres aunque eres mortal, haces lo que quieres. Pero no creas que Dios ha abandonado a nuestra raza. Aguarda tú y contemplarás su magnífico poder, cómo te atormentará a ti y a tu linaje» (2M 7, 10–17)

La resurrección de Jesús lo cambió todo, absolutamente todo. Lo que los Cristianos vivieron es la profunda transformación del orden, la inversión monumental de los poderes del mundo, Jesús es Señor, César no.

Ya no es el César, ni los malvados, ni los matones, ni los que arrasan, ni los que arrebatan, ya no son lo que pueden dominarte con la muerte. Ya no es la muerte. Es Jesús; es el que da la vida, el que cura, el que sana, el que convoca, el que llama, el que perdona, el que salva, el que ama, el que porque tiene poder —el máximo poder—, es que puede servir… ese es el que tiene dominio sobre la muerte. Jesús es Señor, César no.

Irte al cielo no es vencer a la muerte, es solo vestirla de manera más agradable, es ponerle un anillo de oro a quién te cortó la cabeza. Lo que Cristo inaugura con su resurrección, no es otra cosa que el dominio sobre la muerte y la esperanza de que nosotros seremos también llamados, levantados, en cuerpo y alma; transformados sí, glorificados sí… pero en cuerpo y alma… Seremos llamados a gobernar la nueva creación, la unión del espacio de Dios y el espacio del hombre. Nuevos cielos y nueva tierra. Juntas. Unidas.

Qué existe un espacio de “tiempo” entre nuestra muerte y el día final, un espacio donde “Jesús tiene muchas habitaciones preparadas” sí, es importante, ese cielo es importante, pero no es el final. Dios, que nos hizo hombres y nos aceptó con toda nuestra humanidad, no iba a desechar el cuerpo ni lo que somos… El final es el comienzo, que no inicia en un futuro lejano, sino que ya inició, ya está aquí… el Reino de Dios, el Reino de los Cielos no es una frase boba, significa el dominio y soberanía salvadora de Dios en el mundo de los hombres, que rompe en nuestra realidad cuando Cristo es levantado de los muertos. Jesús es Señor, César no.

Yo Soy la Resurrección —Jesucristo

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