El Cielo y la Cruz

El Cielo no es el lugar a donde te “vas” cuando te mueres. En el mundo Bíblico, el Cielo es el “espacio de Dios”, el cual algunas veces choca con nuestro mundo —la creación visible—.

Nuestra fe no es una evacuación de este mundo, del dolor y del sufrimiento; nuestra fe no es una respuesta al mundo, al dolor y al sufrimiento… nuestra fe es mucho más que eso: es la esperanza de una nueva creación, de la resurrección. La fe de la completa unión entre el cielo y la tierra, del espacio de Dios y el espacio del hombre.

“Dios vio que era muy muy bueno”. El Génesis nos dice que Dios creó todo y lo declaro bueno, la historia de la intromisión de Dios en nuestro mundo es la historia de un Dios que es fiel y choca con nosotros para restablecer un orden que nos salve, a nosotros y a su creación. ¿Pero, acaso dijiste que Dios se entromete en “nuestro mundo”? ¿El mundo es nuestro?. Es lo que declara Dios en el Génesis cuando nos hace co-participes de su reinado en la creación.

El desmadre del mundo es creado por nosotros. Nuestro pecado no fue comer una manzanita, nuestro pecado fue tomar el fruto del árbol del bien y el mal… es decir, tomar para nosotros la potestad de decidir lo que es bueno o malo y no confiar en Dios. Dios nos dio la libertad de confiar en sus mandatos y definiciones, y decidimos escupirle en la cara, rompiendo por completo la armonía entre Dios y nosotros, entre nosotros mismos (Adan y Eva) y entre nosotros y la creación (que sufre la separación entre el espacio de Dios y el espacio del hombre).

Esa extraña figura de la “serpiente” en Génesis logra apoderarse para sí, un reino, el de nosotros.

Separamos “el cielo” de “la tierra”, desmadramos la creación de Dios, corrompimos nuestros corazones, rompimos nuestras relaciones; todo porque decidimos escuchar otras voces, no la de Dios, adorar otras cosas, no a Dios.

Pero Dios, que no puede desdecirse a sí mismo… tiene un plan de rescate, esta es la buena noticia, la monumental fuente de alegría, Dios no descarta su creación, no olvida sus promesas, no abandona a su familia.

Todas estas promesas vienen con un gran SÍ y una gran AMÉN… Cristo. Cristo, que es Dios, toma toda nuestra humanidad, la acepta, la asume, y la pone en manos de nuestro desmadre, de nuestra injusticia, nuestra idolatría, nuestras definiciones de bien y mal. Dios se acerco completamente a nuestro espacio, a nuestro mundo… y lo matamos.

La “serpiente” logra su cometido y nosotros nos quedamos con nuestro corrompido mundo, como vasallos de un reino despojado de su gloria, en vez de ser co-regentes del Soberano de una creación hermosa… pero existe un misterioso texto en Génesis 3:15 donde Dios promete que de la descendencia de “la mujer” vendrá alguien que le aplastará la cabeza a la serpiente mientras esta lo muerde en el talón. La serpiente morirá mientras hiere al “hombre” que la vencerá.

Cristo, ensangrentado, mallugado, molido a golpes, muerto en el instrumento de tortura Romano, ajusticiado como un malhechor.. el Dios-hombre herido de muerte por la mordedura de la “serpiente” y todo el despliegue del mal, todo ejecutado con nuestras propias manos de hombres.

¿Pero.. donde está la victoria prometida por Dios? ¿Donde está la cabeza de la serpiente aplastada?. Ahí… en la Cruz.

La Cruz pone de manifiesto el verdadero poder de Dios y la verdadera corrupción del corazón del hombre. La Cruz… destruye el proyecto del “acusador y mentiroso”, que es el oficio y actuar de la serpiente. Todo el desmadre del mundo, toda la justicia divina que debía pesar sobre la creación y condenarla a la destrucción queda justificada por la cruz y la muerte del único justo, que hizo la voluntad del Padre, que hizo el bien a pesar de todo el caos del mal engendrado en el espacio del hombre. La serpiente ya no puede acusar a la creación, ni pedir su destrucción… todo ha quedado saldado y purificado en la cruz. La cruz inaugura el centro de la historia a partir del cuál el espacio de Dios y el hombre podrán irse uniendo de nuevo.

La Cruz es el juicio adelantado a los poderes del mundo, a los poderosos que toman vidas, pervierten almas, juegan con el sufrimiento, destruyen, acumulan y confabulan. A la idolatría que busca placer, sexo, dinero, larga vida, posición acomodada, todo a costa de los demás. Es el juicio de los que creen que tienen la partida ganada, la vida asegurada. Es el juicio hacia todo lo que ocupe el centro de nuestras vidas. Es el juicio acerca de nuestras definiciones del bien y el mal. Es el juicio acerca de nuestro co-reinado que debe reflejar la Bondad y Gloria de Dios. Es el juicio hacia el hombre que se apropia la gloria y alabanza de la creación y no las convierte en un canto hacia arriba: «No por su espada conquistaron la tierra, ni su brazo les dio la victoria, sino que fueron tu diestra y tu brazo, y la luz de tu rostro, pues los amabas.» (Sal 44)

Nuestra fe no es una evacuación de este mundo, del dolor y del sufrimiento; nuestra fe no es una respuesta al mundo, al dolor y al sufrimiento… nuestra fe es mucho más que eso: es la esperanza de una nueva creación, de la resurrección. La esperanza de la completa unión entre el cielo y la tierra, entre el espacio de Dios y el espacio del hombre. Nuestra fe es el SÍ y el AMÉN de Dios al hombre y la creación… Cristo, quien nos abrió el camino hacia una nueva creación. Jesús, que en la cruz aplastó la cabeza de la serpiente al darnos la dignidad para poder entrar de nuevo al espacio de Dios, sin importar que tan corrompido este el corazón de cualquier hombre, hay un camino hacia el Padre. Y en la resurrección nos da la prueba visible de la fidelidad de Dios.

Todos sentimos en nuestra profundidad que hay algo épico en cada átomo que circula por el universo y que se juega en la historia. Algo que está más allá lo que se puede expresar en palabras, pero que a su vez tiene su centro en nosotros y lo que hacemos. Es la intuición primigenia del hombre, aquella que terminamos expresando en lo más bello que hacemos… en cada poema, película, canción, pintura, contemplación, oración… es el misterio que inunda al hombre que desea a Dios.

Cuando Cristo proclamaba, curaba, sanaba, purificaba, eran los signos de que el espacio de Dios y el hombre se estaban encontrando. Esa es nuestra misión, la historia no termina con la Cruz, la Cruz es el comienzo de una nueva etapa en la historia… iniciar ya aquí y ahora, en nuestra propia historia, la unión del espacio de Dios y el hombre, mi palabra y mi oido con Dios y su palabra y su oido conmigo. Buscar la justicia, alimentar a los hambrientos, sanar a los heridos, llamar a los perdidos, liberar a los cautivos, proclamar el camino a los corrompidos, buscar y rescatar a todos como yo mismo fui buscado y rescatado… Esa es la épica misión a la que todos estamos convocados a luchar.