30+ preguntas a un creyente (Parte 3)

10) Si todo es producto del grande proyecto de un arquitecto omnisciente y benevolente, ¿por qué la historia de la vida es un registro de horrible sufrimiento, desperdicio grosero, y fallas miserables? ¿Por qué ese Dios pasa miles de millones de años con tal carnicería sin haber alcanzado todavía su objetivo?

La idea de que todo es producto de un proyecto arquitectónico, etc… se parece más a un dios masónico y racionalista, no al Dios vivo y verdadero, que es, ante todo, Padre.

Todo lo que decimos de Dios debe pasarse por el registro de lo paterno para poder entenderlo mejor. Incluso aunque la paternidad humana es limitada y no está exenta de egoísmo, es quizás la relación humana de mayor autodonación y gratuidad (cuando digo «paternidad» me refiero a los dos complementarios, padre y madre: también la Biblia habla de Dios en los dos términos).

Todo padre tiene un plan para sus hijos, pero ese plan no es el de una arquitectura cerrada, donde el hijo se limita a ejecutarlo. En sentido paterno, tener un plan es abrir un ámbito protectivo donde el hijo, a través de su propia libertad y con el uso de sus propias facultades, va realizándose a sí mismo, y abriéndose a los demás, descubriendo la verdad de los propios deseos e inclinaciones.

El plan de Dios sobre cada uno de nosotros, sobre la humanidad en conjunto y sobre la entera creación, es el plan propio de un Padre, no de un arquitecto: somos nosotros los actores de ese plan, es decir, los que nos movemos en el ámbito protectivo de su providencia y bondad, y vamos descubriendo, en diálogo con él, la verdad de nosotros mismos, y cómo realizar eso que en el fondo somos: seres de amor.

Es lamentable que el ser humano esté tan lleno de fallos estructurales, seamos tan sanguinarios, egoístas y miserables, pero es un principio de realidad que no debe obviarse, la religión no cambia mágicamente la naturaleza humana, invita a corregirla, trabajando, ante todo, sobre uno mismo, y de cara a Dios, que mostró, al asumir la humanidad, que era posible la completa autodonación, la desaparición del «yo» egoísta que nos ata a lo que en lenguaje bíblico son los «criterios del mundo»: poder, posesión, dominio de los demás.

Sería interesante ver qué pasa si quitamos a Dios de la vida de la gente, ¿mejora automáticamente? Hoy podemos responderlo taxativamente, porque tenemos ya años de comunidades hechas sin referencia de ninguna clase a Dios, leyes enteramente humanas, en estados completamente a-religiosos desde hace mucho tiempo… pero no parece que la mezquindad humana haya cambiado. Y sí hay una diferencia radical con las sociedades donde Dios está presente (lo que no quiere decir que sean «confesionales»): en las sociedades completamente a-religiosas, el vacío existencial, la falta de un «por qué es importante vivir», la desintegración de lo específico humano, el desdibujamiento de lo humano como algo propio y valioso, es total. No es raro escuchar que «somos simplemente animales»; no es raro leer en los divulgadores periodísticos frases como «nosotros los primates»… ¡va de suyo que participamos de las características de todo lo creado, incluidos los primates! pero eso no quiere decir que somos primates, o que somos simplemente mamíferos, ni menos que somos animales sin más: somos hombres, seres humanos, con una dignidad propia y específica, que no se reduce al papel puramente químico que la pseudo divulgación materialista nos quiere imponer.

Creer en Dios no garantiza hacer sociedades con valores trascendentes de justicia, o con un proyecto trascendente de futuro, de eternidad, sí, de eternidad, que es a lo que el hombre, cada uno, está llamado; pero reconocer el papel de Dios en nuestra vida es un paso hacia esa dignificación trascendente, que sin embargo no la hará él, como un padre no suple a sus hijos en lo que es responsabilidad de ellos conseguir.

11) ¿Puede un Dios, que abandonaría sus hijos cuando ellos más lo necesitarían, continuar siendo un Dios bondadoso?

Dios no abandona nunca al hombre, incluso en el NT hay una fórmula preciosa: «si le somos infieles, él permanece fiel, porque no puede desdecirse a sí mismo» (2 Timoteo 2,13).

Puestos en el caso de un dios que abandonara a los suyos, efectivamente no sería un dios bondadoso. Pero eso no me ha ocurrido nunca con el Dios vivo y verdadero, y pienso que los creyentes de cualquier religión tienen esa misma experiencia de no ser abandonados por Dios.

Hay, es verdad, una experiencia creyente que es la del misterioso «retirarse» de Dios. En la Biblia se la menciona en muchos momentos con distintas palabras, por ej. en los salmos 42-43, o en el libro de Job, y en muchos otros sitios. Los evangelios enseñan que en su último momento el propio Jesús, sin dejar de aceptar la voluntad del Padre hasta sus últimas consecuencias, exclamó utilizando las palabras del salmo 22: «Dios mío, por qué me has abandonado…». Algunos místicos han hablado de esta experiencia utilizando términos como «noche oscura», «sequedad», «desierto».

Se trata de una experiencia por la que creo que la mayor parte de los creyentes ha pasado una o muchas veces en su vida de fe. En el momento se siente que Dios ya no está, que no «atiende», no se trata de que deje de dar esto o aquello, porque en definitiva la relación con Dios no es de pedir y recibir -aunque esto forma parte de la fe, naturalmente-; se trata de otra cosa, de algo que ocurre en el corazón, en la percepción sensitiva, tan importante en la vida de fe.

No es equivalente a pensar que «Dios no existe»; en términos paterno-filiales, es semejante al chico que se desgañita queriendo que su padre le dé atención, y apenas si lo consigue. No duda de que su padre está ahí, que lo quiere, que le interesa, pero hay un algo que no acierta a encontrar en la relación con él. En la relación paterno-filial descubrimos que el padre tiene sus tiempos, que su paternidad no pasa por ponernos a nosotros en el centro y bailarnos alrededor, al contrario, posiblemente eso no sea un signo de amor al hijo, sino una sobreprotección calamitosa; por analogía podríamos decir que también Dios «tiene sus tiempos». De esas experiencias del misterioso retirarse de Dios la fe sale siempre fortalecida, más madura, con menos imágenes infantiles, con una capacidad de diálogo con Dios más madura y profunda, aunque por un momento haya pensado que Dios lo había abandonado y se alejaba para siempre, aunque no hubiera un motivo para ello.

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