Confiar en Dios, quizá la más grande de las aventuras, el más grande de los tormentos… No hay Salmo más grande que aquel que clama la destrucción de los enemigos y la salvación de Dios, de aquel que alaba a Dios confiando en Él, debatiendo, implorando, casi demandando justicia al más justo, misericordia al más misericordioso.

Confianza que no significa que el Señor concederá el camino deseado, el anhelo guardado, el placer apetecido, el derecho no otorgado, sino y más bien una venda en los ojos que calculan, un paso al abismo inexplorado, un amen en el silencio atronador de Dios, Él, que es Palabra y calla en mi dolor.

No hay nada más peligroso para la Fe que el mismo Dios, para la fe acomodada, la fe paternalista, la fe mercenaria que espera porque cree merecer, que da porque quiere recibir, que acomoda a Dios a un mayordomo todopoderoso y confirma mentalmente que el amor de Dios es que me otorge, me de, me protega, todo como queremos, creemos y deseamos… ídolos de madera y bronce que serán derretidos por un fuego abrazador del Señor que destruye los ídolos… porque no hay nadie a quién se haya dirigido y no haya sido “enviado”, que no hay nadie a quién haya amado infinitamente y que le haya aún más demandado y exigido, no mil reglas morales, no ritos ni sacrificios, no demandas inútiles, sino la vida entera, el corazón entero, la mente entera, el alma toda y con ello la confianza del que se une en matrimonio sin conocer el futuro, sin conocer lo que depara, sin saber si la alianza durará o será hierba seca para el verano, y sin embargo se entrega, confía, apasionadamente espera. Si así es con la alianza humana, ¡que más grande será la alianza con el Creador, con el Señor dueño del universo entero!…

Dios no viene a otorgar algo, viene a otorgarse entero, en la tragedia, en el dolor, en el “no se porqué me paso a mi”, en el sinsentido, en el coliseo con leones y en la cama con cánceres, en el abismo de una cruz revertida y en la desolación del hijo perdido, en el brutal dolor de la traición y en el sufrimiento de mi pecado y de los que me rodean pesando sobre mi frágil existencia…

Y sin embargo, en toda esa megalómana historia humana demasiado confiada de sí  misma, con su señora muerte dominando y con el satán desencadenado, Dios se cuela y acompaña, sigue siendo el Señor de la historia, con poder infinito, con el poder de arrasar todo a su paso y devorar el cosmos entero con solo un respiro, puede detener el tsunami y desaparecer los leones… destruir a los malvados y salvar a los justos y no lo hace ¿o lo hace?…

Confiar es ver a Dios obrando en la historia, en la particular y en la eterna, en tu sonrisa y en el átomo del fuego, confiar en Dios es ir con una sonrisa al coliseo viendo a los poderes del mundo caer bajo su propia ridiculés mientras el Señor de la historia recrea todo con sangre, sudor y sentido donde antes había sangre, sudor y sinsentido, donde ya había dolor y había sufrimiento, los toma y los recrea, los convierte en causa de salvación y causa de alegría… ¿cuál alegria? Que Dios mismo te creó, te conoce y te ama… que Dios habla, Dios nos escucha, con Él podemos hablar, podemos compartir la vida, lo bello y lo trágico, todo ha sido encarnado y asumido por Él.

Cuando la desesperación y la muerte estaban tan tranquilas, creyendo que tenian de nuestra vida ganada la partida, donde sabían que removerlas era destruir al hombre y Dios que tanto lo ama no lo haría… llega Dios, se encarna, se lanza al abismo y toma toda esa locura y las hace causa de su venida, causa de su muerte y causa de su resurrección, de su Gloria ahora compartida, con quién confíe en su poder, su verdadero poder y su infinita Gracia que desde siempre nos mira, siempre nos llama y nos pide “no temas, yo he vencido al mundo” “no vaciles” “no dejes de confiar en mi mirada sobre ti puesta siempre, hasta que tú me veas ciertamente a mi, por fin, aquel día”

«Pues Dios es mi salvación, en él confío y nada temo; Dios es mi fuerza y mi canto, el Señor es mi salvación.» (Is 12,2)

—CJBS

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