¿QUÉ ES EL BIEN?

TODOS LO QUEREMOS, QUEREMOS VIVIR MUCHOS AÑOS, NO SUFRIR NI SENTIR DOLOR, algunos querrán vivir viajando, otros disfrutando de sus hijos y su pareja. Verán, creemos que si no deseamos cosas superfluas como dinero, poder, placeres, cosas que nos acercan más al pecado, entonces es justo lo que pedimos y es bueno.

Entonces leemos como a esa “buena” familia se le muere de cancer su único hijo, escuchamos como dos hermanos se quedan sin padres en un accidente… nos acongojamos en el dolor de la madre y su hijo desaparecido.

Hay algo que no esta bien. Sí, conocemos como Católicos el problema del pecado, el libre albedrío, el problema del mal. Sin embargo, pareciera más bien que todas esas realidades deberían de ser ajenas a todas esas “buenas” personas. Pareciera que decimos: “Mira, yo no deseo yates, ni mujeres, ni poder, ni dinero, yo solo deseo vivir una vida humilde rodeado de la gente que amo, llegar a los 80 años sin fama, ni fortuna, solo con paz”… pero es precisamente ese el más grande de todos los engaños, porque la incomprensión a lo que Jesucristo pide viene oculta de una vestidura de “bondad” de “yo pido poco” no quiero “nada de lo que ofrece el mundo del pecado”.

En aquel tiempo, hallándose Jesús en medio de una multitud, un hombre le dijo: “Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia”. Pero Jesús le contestó: “Amigo, ¿quién me ha puesto como juez en la distribución de herencias? “Y dirigiéndose a la multitud, dijo: “Eviten toda clase de avaricia, porque la vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posea”.

Después les propuso esta parábola: “Un hombre rico obtuvo una gran cosecha y se puso a pensar: ‘¿Qué haré, porque no tengo ya en dónde almacenar la cosecha? Ya sé lo que voy a hacer: derribaré mis graneros y construiré otros más grandes para guardar ahí mi cosecha y todo lo que tengo. Entonces podré decirme: Ya tienes bienes acumulados para muchos años; descansa, come, bebe y date a la buena vida’. Pero Dios le dijo: ‘¡Insensato! Esta misma noche vas a morir. ¿Para quién serán todos tus bienes?’ Lo mismo le pasa al que amontona riquezas para sí mismo y no se hace rico de lo que vale ante Dios”.

(Lucas 12, 13-21)

Verán, los “bienes acumulados” no solo son el dinero, el poder, la fama… también pueden ser los hijos, la carrera, la paz, las pocas cosas que nos dan comodidad, certidumbre, los años de vida, la salud… todo aquello en lo que ponemos nuestra esperanza, nuestra fe, lo que llamamos nuestra vida, sin pensar en otra vida, sin pensar más allá de lo que deseo poseer, esos son los bienes que no nos llevamos, los que se quedarán a nuestra muerte aquí mientras nosotros nos presentamos ante Dios.

Claro que nadie quiere la enfermedad, la muerte temprana, el dolor para los que amamos… pero si Dios que es todopoderoso, omnisciente y omnipresente no hace nada para conservarnos en ello… si Dios que es amor —¿y que es el amor sino querer el bien del otro en cuanto otro, por el mismo?— no nos concede ni eso que nosotros consideramos bueno, lo mínimo que podríamos pedir, lo que un dios bueno no podría negarme, si eso no siempre nos lo da y conserva, quizá debería replantearme, preguntarme “¿qué es realmente lo bueno para mi y los que amo?”

Nada de esto quita el problema del mal y el sufrimiento, nada de esto quita el Poder de la Cruz, de Dios mismo quién llena el sufrimiento y la muerte de su presencia. Lo que hace es que volteemos a ver la vida NO como el “bien” mayor y a Dios como su garante, como un simple guardian de mis bienes “santos y justos” de mi “salud” de “la vida de mis hijos” de mi “paz” de mi “larga vida”… porqué nuestro único bien es Dios mismo, no puede Dios darnos otra cosa que no sea Él mismo. Aun la enfermedad, el dolor —nuestro y de los que amamos— Dios los toma y los transforma en vida, en bienaventuranza, en gozo, eso nos promete la resurrección, es una promesa de lo que ningún ojo vio y ningún oído oyó.

Todo eso que pides para esta vida, hasta eso que consideras justo y bueno, no es para esta vida, no es aquí donde encontrarás esa justicia, esa bienaventuranza, aquí estamos aún en guerra, aquí estamos aún en el mundo, aquí estamos aún con el poder de la cruz, debemos mirar con los ojos de Dios desde Jesucristo, desde su cruz, no es tiempo aún para la paz, para la bienaventuranza, para que Dios me colme, estamos aún en camino y en guerra, pero con Dios:

Señor, tú me sondeas y me conoces.
Me conoces cuando me siento o me levanto,
de lejos percibes mis pensamientos.
Disciernes mi camino y mi descanso,
todas mis sendas te son familiares.
No ha llegado la palabra a la boca,
ya, Señor, te la sabes toda.
Me estrechas detrás y delante,
apoyas sobre mí tu palma.
Tanto saber me sobrepasa,
es sublime y no lo abarco.

¿Adónde me alejaré de tu aliento?,
¿adónde huiré de tu presencia?
Si escalo el cielo, allí estás tú;
si me acuesto en el abismo, ahí estás.
Si me traslado al ruedo de la aurora
o me instalo en el confín del mar,
allí se apoya en mí tu izquierda
y me agarra tu derecha.
Si digo: que me sorba la tiniebla,
que la luz se haga noche en torno a mí,
tampoco la oscuridad es oscura para ti,
la noche es clara como el día:
da lo mismo tiniebla o luz.

Tú has creado mis entrañas,
me has tejido en el seno materno.
Te doy gracias porque te has distinguido
con portentos y son maravillas tus obras.
Conoces perfectamente mi aliento,
no se te oculta mis huesos.
Cuando me iba formando en lo oculto
y entretejiendo en lo profundo de la tierra,
tus ojos veían mi embrión.
Se escribían en tu libro,
se definían todos mis días,
antes de llegar el primero.

¡Qué admirables, Dios, tus pensamientos,
qué densos sus capítulos!
Los cuento: son más que granos de arena;
y cuando estoy terminando: aún me quedas tú.

Sondéame, Dios, y conoce mi corazón,
ponme a prueba para conocer mis sentimientos:
mira si mi conducta es ofensiva
y guíame por el camino eterno. (Sal 139)

Al final, el Señor nos guía a nosotros y a los que amamos hacia Él, y en ese camino, camina junto con nosotros, con sus dolores, con sus alegrías, con sus sufrimientos, con su paz… esa es ya la gran noticia, eso es ya el Reino de Dios en la tierra.

—CJBS